Sangría en Bar Santa
Seco cabello negro, no arreglado, no demasiado desarreglado. Camisa verde esmeralda, ojos preciosamente grandes, vividamente claros, graciosa y ligeramente rasgados.
Tez deliciosamente transparente, sonrisa coquetamente tímida.
Hoy si me pase de rosca. Me sonreiste una, dos, tres veces. Una última lastimosa, pues ya salías del bar. Y yo, pendejamente estupefacto, resguardado en la pequeña guarida cómoda de una sangría con vodka, sentado en mi acolchonada y amplia silla burguesa, mientras tu, en el humo de la barra no esperabas nada. Y no esperaste.
La suerte siempre es suerte, azar, nunca consecuencia fortuita de actos no cometidos. La suerte no es fortuna, es suerte.
Punto, expiraste. Sin embargo, gracias pequeña, has aportado (probablemente) una gota sustancial a un vasito que tengo guardado. Ojala no. Justo a tiempo para conocerte, contar esta historia, tal vez de otra manera.
(Cuento incompleto, 7 de Septiembre del 2008)

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