Retrato: Atlatonin
Y sucedió. Casi dormido, en el sillón rojo de mis sueños. Sucedió despacito, con un pincel sin forma, casi imperceptible para la mayoría, sin antesalas lujosas ni preparativos eternos. Sucedió como los sueños suceden, con pinturas de sal y caracolas, con matices de lunas llenas que convierten a los hombres en lobos, las que incitan a la muerte pequeña, a la caminata marina. Sucedió como debe ser, despidiendo tritones mitológicos en lienzos de noche.
El camino fue corto y para mi extraño. Paramos apenas por un café y unos cuantos cigarros. Todo lo que plasmamos era desconocido para nosotros, así que dibujamos el boceto de tu boca, llena de mentiras, y de tus ojos que me han sido transparentes.
Te pinté niña. Bailabas, alrededor de un aquelarre nocturno en un tiempo arenoso al que dabas suavemente forma con tus dulces pies heridos. Yo me pinté con mis melodías inconclusas, las que embriagan el paisaje que de ti era mi memoria.
Te pinté mujer. Abrías tus cuerpo, mojabas el mio con olas pasionales y espumas intermitentes. Fuiste perla, sirena de cánticos bajitos. Te pinté mia.
La costa fue gentíl, Atlatonin. Cuando quise darme cuenta tu pintura se hizo eterna.


